Vocational Stations of the Cross Spanish


 

La celebración en nuestra Iglesia del Día del Seminario unida a la

fiesta de San José coincide siempre que esta jornada se desarrolle

dentro del tiempo de la santa Cuaresma. Para todos aquellos grupos y

comunidades que se sirven de los materiales que el Día del Seminario

edita, os ofrecemos este Vía crucis vocacional para ayudaros en

vuestra tarea y apostolado vocacional.

ObjetivO:

- Andar con Jesús el camino de la cruz, intentando experimentar

su entrega a los hombres por amor.

- Experimentar nuestra vida como una llamada constante a seguir

a Jesús desde la cruz.

- Hacer de este momento una oración a Dios para que surjan

vocaciones entregadas a la misión evangelizadora, y dispuestas

a entregarse hasta dar la vida.

Textos tomados del Vía crucis vocacional para jóvenes del Oracional Alzo mi voz a Dios,

Atenas, Madrid 990.

El sacerdote, testigo

de la misericordia de Dios

DÍA DEL SEMINARIO 2010

VÍA CRUCIS

VOCACIONAL

Sugerencia o esquema de realización

- Enunciar cada una de las estaciones.

- Leer el Evangelio.

- Leer la reflexión que aquí aparece.

- Proyectar sobre una pantalla una imagen alusiva a la estación

que estamos contemplando/reflexionando.

- Terminar cada estación con un canto meditativo.

Ambientación

Seguir a Jesús en su camino hacia el Padre pasa por la cruz. Nos

unimos para orar y pedir que nuestro seguimiento sea auténtico y

hasta el final, que Dios nos dé la fuerza para llegar hasta la cruz

en nuestra fidelidad a su llamada. Lo mismo que Jesús, también nosotros

debemos abrazar la cruz en nuestras vidas para así resucitar

después con Él y sentir el gozo del que ve que el sufrimiento por

amor tiene un sentido. Esta forma se seguir a Jesús debe iluminar

nuestro día a día.

Leemos Mc 8, 34-37: «Después Jesús reunió a la gente y a sus discípulos

y les dijo: si alguno quiere venir detrás de mí, que renuncie

a sí mismo, que cargue con su cruz y me siga. Porque el que quiera

salvar su vida, la perderá, pero el que pierda su vida por mí y por

la buena noticia, la salvará. Pues, ¿de qué le sirve a uno ganar todo

el mundo, si pierde su vida? ¿Qué puede dar uno a cambio de su

vida?».

Primera: Jesús es condenado a muerte

Señor, has dicho muy claramente la verdad a todos. Y te han denunciado

a las autoridades y las autoridades te han condenado.

No interesan los hombres que dicen la verdad, los que no se dejan

comprar con dinero, los que no trafican ni negocian con la vida de los

otros. Cada vez que actúe como tú me acusarán, me intentarán quitar

de en medio.

Dame fortaleza y valentía para luchar y vivir tu Evangelio.

Segunda: Jesús con la cruz a cuestas

El que quiera ser discípulo mío, tome su cruz cada día y sígame.

Señor, yo quiero ser tu discípulo y quiero cargar con mi cruz, pero

me resulta muy difícil, se me hace pesada. Es más cómodo ir tirando,

confundirse en la masa, en el grupo, ser uno más. Es más rentable

vivir para uno mismo, dejar a los otros con sus problemas. Yo quiero

seguirte, pero... Señor, ayúdame cada día a seguir el camino que tú

me señalas.

Tercera: Jesús cae por primera vez

La primera caída. La primera caída tuya, Jesús. No me agrada el que

te hayas caído. Me duele recordar mi primera caída. Esa caída, que

fue cosa de niños. Esa caída que pensaba que no tenía importancia.

Pero mi primera caída, mi primer despiste, ha dejado huella en mí. La

primera caída ha abierto el camino a otra segunda y a otras muchas

caídas. Tal vez la primera caída es la más importante: el primer desánimo,

el primer desengaño, la primera irresponsabilidad... Líbrame,

Jesús, de la primera caída, de la primera deserción.

Cuarta: Jesús encuentra a su madre

De nuevo con la cruz a cuestas. No puedes fallar, tienes que llegar

hasta el final. Te sigue una multitud de curiosos.

Algunos quisieran echarte una mano, pero no se atreven.

El qué dirán los otros les pesa mucho. Estás solo, completamente solo.

Bueno, completamente solo, no; está María, tu madre. Ella, con su

corazón dolorido, te sigue de cerca. Vuestras miradas se cruzan. Tu

dolor aumenta al ver su dolor. ¿Puedo quedar yo impasible ante tanto

dolor, ante tanta injusticia que me rodea? Enséñame, María, a estar al

lado de los que sufren, de los más pobres, de los necesitados.

Quinta: El Cireneo ayuda a Jesús a llevar la cruz

Temen que no llegues al final. Te ofrecen una ayuda.

Tú aceptas la ayuda de Simón de Cirene. Me molesta que hayas aceptado

su ayuda. Me siento incómodo, nervioso.

¿No me estarás diciendo que quieres mi ayuda, que deje mis planes,

mis proyectos, mis ilusiones y que me fije en esos hombres que no

pueden con su cruz, que necesitan a alguien que les ayude a llevar su

cruz? No me compliques mi vida, Jesús, déjame en paz, déjame ser

uno más.

¿Y los que no tienen paz, los que sufren, los abandonados...?

Piénsalo, te necesito y te necesitan.

Sexta: La Verónica enjuga el rostro de Jesús

Por fin una muestra de cariño. La Verónica se adelantó y limpió el rostro

de Jesús. ¿Qué hacemos los cristianos con tu imagen, con tu palabra,

con tus sacramentos? Desfiguramos tu rostro con nuestras obras,

con nuestra manera de vivir. Necesitamos lavar nuestra cara para no

ofrecer una mala imagen de discípulo tuyo. Siempre hay algún valiente

que se lanza, que no se deja llevar por los otros.

Necesitamos cristianos que revelen tu rostro, que te den a conocer a

los demás. Perdóname las veces que he sentido vergüenza de conocerte,

de ser cristiano. Aleja de nosotros la cobardía.

Séptima: Jesús cae por segunda vez

Otra vez por tierra. La subida se hace cada vez más pesada. Con esta

caída me haces pensar en mi vida: las dificultades, el cansancio, la

monotonía, el ir rodando.

Me recuerdas mis caídas. No es lo peor el que sean muchas, sino que ya

no me sorprenden, porque me he acostumbrado a ellas. Siento, Jesús,

mi alma un poco endurecida. No siempre tengo fuerzas para enfrentarme

con mi realidad. A veces me desanimo al ver mi vida: pecar, confesar,

pecar. Hazme sentir el peso de mis caídas y dame fuerzas para no

desanimarme y seguir, porque sé que los hombres me necesitan.

Octava: Jesús se encuentra con las mujeres de Jerusalén

Hay corazones sensibles a los problemas de los demás.

Tus palabras a las mujeres que lloraban me hacen mucho bien: «No lloréis

por mí, llorad por vosotras, llorad por vuestros pecados». Tú estabas

donde tenías que estar, hacías lo que el Padre te había encomendado.

Pero a mí, Señor, me gustan los aplausos, el que los demás se fijen en mí,

el que me pasen la mano por el hombro. A veces soy hipócrita, intento

hacer ver a los demás que soy mejor de lo que soy. Me siento protagonista

y me olvido de los demás. Enfrascado en mis propios problemas,

no veo los problemas y necesidades de los demás. Hazme salir de mí

mismo. Que al ver los problemas de los hombres piense...

Novena: Jesús cae por tercera vez

Caes por tercera vez, pero ya estás cerca de la cima.

También a ti te han fallado las fuerzas, aunque la cogiste con ganas.

Caíste deshecho y roto. Tal vez más deshecho y más roto por la incomprensión,

por la soledad, por mi propio egoísmo que por el propio peso

de la cruz. De nuevo pienso en mi vida: me quiero valer yo solo, me

expongo a muchos peligros, me olvido de rezar, no rindo en mi trabajo,

busco el placer y la comodidad, me olvido de los que sufren, de los que

lloran, de los que pasan hambre... Reconozco que fallo muchas veces

por querer ir solo. Enséñame a rectificar después de mis caídas y dame

fuerzas para seguir.

Décima: Jesús es despojado de sus vestidos

Está claro que no tienes derecho a nada. Todo lo que el Padre te ha

dado es para nosotros. Ni siquiera te dejan tus vestidos. Se los reparten.

¡Qué lección de humildad y de generosidad! Ni una muestra de

dolor, de desagrado; ni un mal gesto. ¡Qué diferencia, Jesús! A mí me

cuesta mucho dar algo mío, aceptar un sacrificio, por pequeño que

sea, en favor de los demás. Me pides mis cosas, mi tiempo, mi persona

para dársela a los otros. Me rebelo, miro hacia atrás. No me resigno.

Enséñame a darme, a ponerme al servicio de los demás.

Undécima: Jesús es clavado en la cruz

Sólo te queda un poco de vida. La has ido dejando a jirones. Te clavan

de pies y manos en la cruz. Rodeado de dos malhechores. Ni siquiera

te respetan esos momentos finales. Se siguen riendo, tomándote por

loco: ¡Baja de la cruz...! ¡Perdónalos, Padre, porque no saben lo que

hacen! Nosotros seguimos sin saberlo, porque vivimos como si no lo

supiéramos. Me da vergüenza cada vez que analizo mi vida y descubro

mi perfecta forma de esquivar las cruces de cada día. Sé que hay

muchas en las vidas de los hombres: el hambre, las injusticias, la falta

de cultura, el dolor, la enfermedad, el paro, las familias rotas... Pero

me quedo con lo que me gusta, con lo que me agrada, busco lo cómodo,

el placer. Los demás, que se arreglen. Qué tengo que hacer, Jesús.

Dame fuerzas y valentía para llevar mi cruz y ayudar a los hombres a

llevar las suyas.

Duodécima: Jesús muere en la cruz

«Todo está cumplido». «En tus manos encomiendo mi espíritu». Ya no

queda nada por hacer. Todo lo has hecho bien. Has cumplido el plan

del Padre. Has hecho andar a los cojos, ciegos, sordos... Comprendo

que ahora empieza mi tarea. He aprendido la lección: «Si el grano de

trigo no cae en tierra y muere, no da fruto». Estoy dispuesto a seguir

tus pasos. Que las dificultades, el ambiente, el qué dirán, mis propios

fallos, no me dejen tirado en la cuneta. Ayúdame, Señor, a hacerte

presente entre los hombres.

Decimotercera: Jesús cae en los brazos de su madre

María estaba junto a la cruz. Ni un solo momento te abandonó. Entre

tanto dolor obtuvo su recompensa: tenerte en sus brazos. Mira cómo

te lo hemos dejado. Ni siquiera parece hombre. No ha terminado la

pasión de Jesús ni el dolor de María. Sigue mientras existan hombres

explotados por otros, mientras reine la injusticia, mientras haya hambre,

mientras siga habiendo un solo hombre que sufra en su cuerpo o

en su espíritu. No puedo cruzarme de brazos. Debo comprometer mi

vida. Dame fuerzas para morir a mis egoísmos, envidias, comodidades,

placeres…

Decimocuarta: Jesús puesto en el sepulcro

Te enterraron en el sepulcro. Algunos pensaban que todo había terminado.

Para muchos hombres la muerte es el final, un final irreversible,

un problema sin solución, un triste desenlace para una vida

salpicada de dolor, de sufrimiento, de angustias. También hoy muchos

piensan que estás muerto, que no tienes nada que hacer en este

mundo en que los hombres se sienten libres, capaces de montar su

vida a su aire, dominadores de los más audaces avances científicos.

Yo sé que vives, que has vencido a la muerte, que ‘has cumplido tu

misión y estás a la derecha del Padre, como Señor de la creación.

Quiero ser testigo de tu resurrección, llevar al mundo tu mensaje de

salvación, tu victoria sobre el pecado y la muerte. Dame un corazón

generoso en el que quepan las necesidades y problemas de los

otros.

Oración final

Terminemos nuestra contemplación del camino de Jesús con una afirmación

de fe y agradecimiento. La cruz de Jesús brilla sobre nosotros.

La cruz de Jesús es luz y guía para la humanidad entera. La cruz de

Jesús despierta conciencias dormidas. La cruz de Jesús es llamada y

vocación. La cruz de Jesús nos salva.

Unidos recemos: Padre Nuestro…

Señor nuestro Jesucristo: acabo de acompañarte en el camino de la

cruz. Para mí, el camino de la cruz es el de cada día.

Tú has salvado al mundo por la cruz. Yo quiero ayudarte a salvar el

mundo.

Madre Dolorosa, ayúdame a cumplir esta promesa que hago a Jesús,

tu Hijo, después de rezar hacer este Vía crucis. Y que nunca me abandone

el recuerdo de su pasión y muerte, prueba de su inmenso amor

por nosotros. Amén.

"Every vocation is part of a divine plan... It is God who loves us, who is Love, who calls us."

— Pope Benedict XVI


Last Modified: 2011-01-12 12:50:40